2025: luz en la oscuridad

Revelaciones dadas a base de clicks emocionales que despiertan a los demonios que habitan en lo más oscuro durante un año natural. Este es el título que hubiera puesto de no ser por su excesiva longitud y por lo negativo que suena. Maldito SEO. Ya está puesto, así que ya es como si lo hubiera hecho. Quién me mandará a mí hablar de esos diablillos que permito salir cuando no puedo más. Desde aquí, abrazando cada palabra vacía consecutiva sin un ápice de contenido que solo sirve para rellenar esta frase sin más objetivo que garabatear el silencio. No obstante, celebro cada línea que para mí escribo y me recuerda dónde estoy. Olvido ese río de desilusiones efímeras de un universo donde la victoria siempre es posible después de cada derrota.

Vivo, porque existo, y al existir, también permanezco, y resuena cada pensamiento en mí. Por eso escribo, porque así tengo preparado mi diccionario de sentimientos y emociones cuando me pierdo. Escribo, me escribo, te escribo, escribo y me vuelvo a escribir como si de un mandamiento se tratase. En cierta manera escribo porque me relajo, y si lo hago también me ordeno en este caos que a veces envuelve la vida. Y sobre todo escribo porque tú me lees y sé que estas palabras tienen cabida en cualquier mundo.

Una cuestión neurológica

Hay algo que siempre me conmueve por dentro al recordar los logros y fracasos de un año. Por razones que la neurología todavía no llega a impartir doctrina, nuestro cerebro siempre resalta lo malo sobre lo bueno. Durante el año viajamos en una montaña rusa sobre la que nos asomamos y a veces nos precipitamos. A veces, me veo tentado a definir el año como una desilusión, pero yo no he nacido para ser tan negativo, así que no he llegado tan lejos. Y es probable que sea despiadado el ejercicio de publicar a quemarropa algo tan profundo de mí. Puede que lo sea, pero también significa mucho para mí.

Ha sido un año de vorágines (sí, me encanta esta palabra) y capítulos enredados que me colocaban más allí que aquí. Así que aquí me encuentro, bajo la cálida lámpara de la noche, y mirando a la cara a ese destino que se dibuja más nítido. Un año más me mantengo en mi posición de que el destino no existe. Siento ser más cuadriculado que una hoja de cálculo. Aunque reconozco que abro un poco la mano en aprender más, y me esfuerzo en entender a toda la gente que cree tanto en él. Un año más caigo en mis propias contradicciones.

También creo que ha sido un año de exploración en lo más profundo de mí. Spoiler: he encontrado lo habitual. Es decir, un sinfín de datos innecesarios pero que quedan muy bien en una conversación, El señor de los anillos, tenis, fútbol, Excel, mis directores de cine favoritos, reflexiones políticas y existenciales, y lo que es más importante y que cada año me reafirma: la intención de cuestionarlo todo.

Hace poco, entre las múltiples reflexiones anuales que por estas fechas se suelen leer, lanzaban una idea muy poderosa. Hagas lo que hagas, hazlo con ilusión. Y aquí voy a ser sincero, la carta de la desilusión ha estado boca arriba más tiempo del que debería. Lo peor es que no tendría un porqué como razón de ser. Pero la vida a veces nos arrolla, te aplasta con algo que no contabas en tus planes y te hace ir más lento con una piedra de quince kilos más en la mochila. Por más que la vida te conteste, el tiempo suele tener menos piedad y siempre nos pone en nuestro sitio. Tiene esa capacidad de paralizarte y empujarte dos pasos hacia atrás si se lo permites.

El tiempo

No conozco ningún concepto filosófico tan devastador como el tiempo. Lo envuelve todo para lo bueno y para lo malo. Se convierte en algo tan presente en los funerales, tan inevitable cuando miras todo lo que fue, todo lo que antes veías y ahora miras, y por todo lo que viene después de una muerte incontestable de un ser querido. Cuando la muerte hace acto de presencia, la sala se vuelve más oscura y los recuerdos viajan hacia rincones desconocidos de nuestro ser. Por eso, la muerte también es muy reveladora y nos recuerda lo importante que es la vida. Aunque parezca obvio, creo que muchas veces se nos olvida.

Vivimos cada vez más deprisa y no dejamos espacio al pensamiento templado y sosegado. Levanto la mano como culpable de haber vivido en algunas ocasiones por pura rutina y dejarme atrapar por una lista interminable de tareas pendientes. Hasta que me di cuenta de que no todo necesita ser arreglado o atendido. Para ello me he tenido que dar unos cuantos golpes primero. Y los que vendrán después. Al menos, ya sabré más o menos por dónde van a venir. Mentira, no sabemos nada. El siguiente golpe casi siempre nos pillará con el pie cambiado.

Quizás por eso siempre vengo a este banco cada 31 de diciembre, para recordar lo sencillo y tranquilo que es un paseo sin prisa, más sanador que mil frases motivadoras. Así que aquí estoy, en este refugio custodiado por un estanque repleto de gansos eufóricos y carpas panaderas con ciertas tendencias caníbales. Con este sol por decreto constitucional como cada 31 de diciembre en Madrid por la mañana. Porque la épica queda bien en las películas, cuando todo el mundo está mirando y sabe lo que viene después de ese discurso triunfal. Pero la vida real no es eso, es mucho más sencilla, aunque nos empeñemos en complicarla.

¿Quiénes somos cuando nadie mira?

Cuando se apaga la luz, la mente intenta descansar y ahí es cuando nos revelamos, ¿quiénes somos cuando nadie mira? Y lo que es más inquietante, ¿quiénes somos cuando se apaga la luz? La vida no nos llama a la puerta y nos pide participar en la siguiente batalla. O quizás sí, pero me gustaría pensar que es mucho más sencilla que eso y consiste más en apagar el ruido y reducir la luz a ese brillo tenue con el que los pensamientos y espíritu se sincronizan.

Durante este año he sentido que muchas veces he participado en contiendas por inercia. Guerras para las que no fui reclutado y acudí por voluntad propia. Y eso que el año pasado dije que hay que elegir bien las batallas. Otras veces ha sido al revés y he pecado de cobardía. Miedo a tomar una mala decisión, miedo a dejar entrar lo desconocido en mi mundo y a que entre la luz en una muralla oscura.

No suelo hacer muchas promesas, quizás por miedo a no cumplirlas. Este año prometo hacer el ejercicio liberatorio de despejar la niebla que a veces se amontona y se vuelve tan pesada. Sé que es un poco abstracto, pero es muy enriquecedor observar cómo los contornos de luz despejan tantos matices para dibujar un momento de revelación.

Por todo ello, brindo por las personas que me acompañan, porque son ellas las que gobiernan las conversaciones profundas y los momentos de lucidez que compartimos. Agradezco al universo que nuestros corazones se encuentren en este preciso instante, ya sea por sangre, casualidad o imperativo legal. Brindo por los que se fueron y los que ya no están.

Al final aquí estoy, no me he ido nunca, aunque a veces me vea tentado de surcar la duda y la indecisión. Aquí estoy, saboreando los últimos minutos de algo tan filosófico como el cambio de año, para cerrar un capítulo y abrir uno nuevo. Porque si la vida se trata de esto —de cuidar los pequeños detalles, la sencillez de un momento íntimo y reconocer lo bonito que se dibuja en la luz—, bienvenida sea.

Rubén Losada Alonso
Rubén Losada Alonso

Dame un tema que no conozca y haré todo lo posible por conocer algo de ello. Si Albert Camus es uno de mis referentes periodísticos y vitales, Wes Anderson hace lo propio en el cinematográfico y espiritual. Participé en una de sus películas y para mí es un sueño cumplido. Un día me definieron como crítico y ponderado, así que dicho quedó. Nací en Leganés y mi corazón está en Castilla y León. Me gusta estar en permanente contacto con la actualidad informativa, conocer y aprender cada día y ser un poco menos ignorantes que ayer.

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